El primer ser vivo de la Tierra no era un organismo simple
Nueva bioquímica para entender el origen de la vida
Imaginar el origen de la vida suele llevar a escenas de simplicidad extrema: moléculas aisladas flotando en un océano primitivo, reacciones lentas y estructuras frágiles dando sus primeros pasos. Durante mucho tiempo, esa imagen dominó tanto la divulgación como la ciencia. Sin embargo, en los últimos años, la bioquímica y la biología molecular han comenzado a contar una historia distinta. Una historia en la que el primer ancestro común de todos los seres vivos no fue rudimentario, sino sorprendentemente complejo, y en la que la vida apareció ya organizada alrededor de redes metabólicas sofisticadas.
Ese ancestro, conocido como LUCA por sus siglas en inglés, representa el punto del que divergen bacterias, arqueas y eucariotas. No se trata de un fósil ni de una célula preservada, sino de una reconstrucción inferida a partir de genes compartidos por todos los organismos actuales. Durante décadas se pensó que LUCA debía haber sido una entidad muy simple, casi un esbozo de vida. Sin embargo, análisis filogenómicos recientes han cambiado radicalmente esa visión. Estudios publicados entre 2023 y 2024, basados en miles de genomas y modelos probabilísticos avanzados, sugieren que LUCA poseía ya una bioquímica funcional bien definida.
Los datos indican que este organismo utilizaba hidrógeno molecular como fuente de energía y dióxido de carbono como fuente de carbono, integrándolos en rutas metabólicas similares a las actuales vías acetogénicas. En términos bioquímicos, esto implica la presencia de enzimas complejas, cofactores metálicos y sistemas de conservación de energía. LUCA no era una reacción aislada, sino una red coordinada de procesos, comparable a una central metabólica en miniatura. Su metabolismo funcionaba como una orquesta molecular en la que cada enzima cumplía un papel preciso para mantener el flujo energético.
Uno de los hallazgos más llamativos es la posible existencia de mecanismos rudimentarios de defensa frente a virus. La presencia de genes relacionados con sistemas tipo CRISPR sugiere que incluso en las primeras etapas de la vida ya existía presión biológica suficiente como para seleccionar estrategias de protección. Esto transforma la idea del origen de la vida en un escenario dinámico, poblado por comunidades microbianas en interacción, probablemente en entornos hidrotermales ricos en gradientes químicos.
Las implicaciones de esta nueva visión son profundas. Si la vida surgió ya con una bioquímica compleja, entonces el paso de la química a la biología no fue un proceso lento y gradual, sino una transición relativamente rápida hacia sistemas organizados. Esto afecta no solo a cómo entendemos nuestro propio origen, sino también a cómo buscamos vida en otros planetas. La bioquímica de LUCA sugiere que, dadas las condiciones adecuadas, la vida tiende a organizarse con rapidez alrededor del metabolismo.
Mirar hacia LUCA no es un ejercicio de nostalgia científica, sino una forma de entender qué significa estar vivo. La vida no comenzó como algo frágil y desordenado, sino como un sistema químico capaz de mantenerse, defenderse y evolucionar. En ese sentido, el origen de la vida no marca el inicio de la simplicidad, sino el nacimiento de la complejidad organizada que aún hoy define a todas las células.
Referencias
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